Guy Laramée: Esculturas en papel

Los libros llegan a ser sagrados por las palabras que moran en sus páginas, tanto que algunos consideran un crimen rayarlos, o modificarlos de cualquier forma. El First Folio, libro del siglo XVII que recopiló 36 obras de William Shakespeare, podría ser una de esas ediciones cuyo valor histórico y literario es incalculable, aunque en una subasta se convierta en un bien más del mundo de las mercancías. El artista y antropólogo canadiense Guy Laramée ha decidido tomar enciclopedias y otros textos para hacer eso que a muchos perturba, desde hace más de una década realiza esculturas sobre libros.

La obra de Guy Laramée como escultor, es quizá su trabajo más reconocido, las series de esculturas de Landscapes que el canadiense ejecuta son notables por sí mismas, en esencia estos paisajes se encuentran en cualquier latitud de América del Norte o de los países del hemisferio sur del continente. Los lugares de la naturaleza remueven sentimientos, el asombro ante la inmensidad de una montaña nevada es todo un acontecimiento, y estar frente a uno de esos parajes en un espacio confinado en una exposición en Quebec, le da un significado distinto. Las esculturas en libros, muestran la transformación del conocimiento y su erosión, invitan a una lectura distinta, el objeto que abandona el propósito para el que fue creado para convertirse en otra cosa, negando su naturaleza de texto para representar la corteza terrestre modelada por la energía de los vientos y de los movimientos telúricos, y su resistencia ante el brutal paso del tiempo.

Este verano Guy Laramée conversó con nosotros, además de la escultura ha incursionado en el teatro, la música contemporánea, la pintura, la literatura y la instalación. Al parecer su formación como antropólogo y el hábito de viajar pudieron dar origen a las esculturas con libros, aunque hasta el momento, el maestro precavido no nos revela el génesis. Su obra ha visitado museos de arte contemporáneo de Estados Unidos, Bélgica, Francia, Alemania, Suiza, Japón y América Latina, de manera individual y al menos con 20 muestras colectivas.

Una de sus series lleva por título “El amor por las montañas nos curará”, esculturas que Laramée afirma haber imaginado en México, esta travesía resultó desagradable para él, pero definió una de las columnas de su vena artística. Después de recorrer la caótica capital del país llegó a las montañas de la mitología azteca, apenas a 80 kilómetros de la ciudad encontró los volcanes y sus glaciares, el romanticismo y la búsqueda del pasado en los rincones de América Latina son dos elementos constantes en la serie y en su obra desde entonces. El título lo escuchó de una artista mexicana, de inmediato surge la pregunta ¿de qué nos curará?, cual sea la dolencia importa poco, el momento de alivio después de la enfermedad es el instante anhelado.

Para elaborar las esculturas utiliza una bata blanca, lo que le asemeja más a la imagen de un científico que a la de un artista, su estudio está dividido en dos secciones, una para esculpir y otra para pintar. Laramée dice que sus esculturas suelen ser obras de ejecución rápida -pueden ser tres días o unos cuantos meses, pero el trabajo mayor no está en el estudio, está en decidir qué hacer, la investigación-.

Este verano conoció La Caverna, uno de los textos de fin de siglo del escritor José Saramago, el cual habla de un mundo en rápido proceso de extinción y en el que se inspiró el canadiense para trabajar sobre una serie homenaje con el mismo título. Por cierto, para esta utiliza una preciosa edición de la Enciclopedia Británica que un hombre encontró tirada en la calle.

¿Qué significado tiene representar estos Landscapes en miniaturas de papel?

Vivimos en libros, es una metáfora, vivimos en nuestra mente, no vivimos en el mundo, vivimos en el mundo que creamos y eso le da un valor, es darnos cuenta que estamos involucrados en la creación de este mundo, estamos participando, el mundo está dentro de nosotros. La miniatura hace realidad eso.

¿Su formación como antropólogo influenció este pensamiento?

Sí y no. Empecé intentando hacer arte con antropología y fracasé, son dos mundos distintos, arte es hacer las cosas, y antropología aunque es un paradigma que incluye la participación, es algo teorético, se habla de pensar en las cosas, de conceptos y eso. Claro que somos una sola persona, yo soy una sola persona, entonces hay un transporte entre los dos aspectos de mi vida, la etnografía, mi gusto por el contacto con otras culturas me influenció mucho, pero el filtro mayor, desde el punto del arte fue Borges, es él quien me permitió hacer este puente acerca de las visiones etnológicas, ante la producción de arte de ficciones.

¿Usted se atrevería a tallar en títulos de Borges?

No, porque le tengo demasiado respeto a su obra. Hice una pieza que se llama El libro de arena, en homenaje a él, también hice una que se llamaba Borges, con tarjetas bibliográficas; me encontré con millones de fichas abandonadas en las bibliotecas de aquí e hice algo como una espiral. Ahora me estoy metiendo en uno de Saramago, este verano leí por primera vez su obra La Caverna.

“El amor por las montañas nos curará” es producto de una de sus experiencias en la Ciudad de México, ¿Qué fue lo que pasó ahí?

Tuve una experiencia en México, el título viene de una artista mexicana llamada Ruth Hernández, una joven que hace grabado, la conocí entre tres muchachos mexicanos, me cayeron muy bien. Ella dijo una vez, “El amor por las montañas nos curará” y hasta hoy tengo esta frase en la cabeza, no se bien que encuentro en ella, el amor por las montañas es fuerte para uno.

La Ciudad de México me cambió en el aspecto de que fue punto de partida de mi afirmación como romántico, me la pasé mal en el DF, pero caí en el romanticismo, y me di cuenta de que era realmente la fuente a nivel teórico, práctico y estético de mi camino artístico.

En cierto punto decidí ir a los volcanes, al Iztaccíhuatl y al Popocatépetl, tuve una especie de éxtasis, fue tan espectacular el camino a las nubes, la formación, la luz, ya había viajado por montañas antes, como los Alpes, en esa época del año era Junio y fue cuando entendí que soy un romántico del corazón. Desde ese viaje yo no tengo vergüenza alguna, de tener una influencia de este movimiento de la historia del arte.

Alguna vez dijo que dividía su tiempo entre Suramérica y Canadá, ¿A qué se debe esto?

Es una historia de amor más que todo; en la literatura, escultura y pintura de América del Sur tuve un contacto con el pasado, similar al que encuentra uno en Borges, un tiempo que está fuera del tiempo, como si el pasado viviera ahí, no estoy subvalorando, al contrario, tengo un amor profundo por el pasado. Para mí, encontrar un lugar donde es posible ver el pasado, es una riqueza inmensa, lamento mucho que el pasado está acabado ahí también.

¿El pasado está acabado?

Está acabado en el sur, y en cualquier lugar porque la gente tiene celular, el internet está cambiando la mente de las personas. Una de las primeras veces que fui a Perú encontré un lugar donde aún se podía pintar como en el siglo XIX, sin tener culpa alguna ni preocuparse por las cuestiones teóricas, hay lugares donde no tenemos que correr siguiendo el progreso, uno puede ser lo que uno puede o debe ser y la gente no te va a juzgar o evaluarte.

Una ocasión usted dijo que ya no iba a ver películas ni al teatro por el exceso de información que existe hoy en día ¿Qué información es necesaria en estos días?

No voy a decir a nadie cómo vivir su vida, cada quien decide si quiere estar inmerso en la información y ya. Por ejemplo, yo acabo de desligarme de Facebook, me di cuenta de que estaba como una hora por día, mirando tonterías. ¿Para qué quiero saber que está pasando por ahí en cualquier lugar del mundo? La artista Agnès Martin dice “nunca vas a encontrar la inspiración si estás disperso en el mundo, tienes que volverte dentro de ti, buscar la inspiración en el silencio, en ese lugar a donde no pasa nada.”

Yo leo los periódicos por internet, paso como quince minutos, para saber si alguna bomba ha caído cerca de mí, o si el mundo está cayendo, pero esto de tener que engullir información es una locura, la locura de nuestro tiempo. Nosotros que estamos haciendo arte o que hacemos un trabajo creativo tenemos que salir de eso, es de una importancia crucial, es un bloqueo, no significa que no lea, yo leo libros, más que todo espirituales que me llevan afuera de esta pasión por acumular conocimiento.

Su estudio está dividido en dos partes en escultura y pintura, ¿de qué manera funciona en cada etapa?

Llevo una vida ligeramente esquizofrénica, son dos mundos que se conectan de vez en cuando, la pintura la hago como realista y la escultura de otra manera.

La escultura es como tener un pie en el mundo de la imaginación, en la pintura niego totalmente la imaginación, intento pintar lugares donde estuve, dar el feeling de cómo me sentía en ese momento, en la escultura es un poco más fluido, más involucrado con la imaginación, entonces hay puente y a la vez no hay puente entre estos dos mundos.

¿A dónde llevarán los viajes a Guy Laramée y a sus piezas?

No sé si en el futuro voy a necesitar muchos viajes externos a tierras lejanas, puede parecer un poco New Age, pero creo que mi trayecto ahora es interno, de acuerdo con esto, voy a trabajar sobre la serie de La Caverna, es una metáfora para decir que en vez de esculpir montañas, voy a hacer lugares interiores.

Otro de los proyectos que tengo es Adiós, tuve una ruptura que fue de cierta forma la razón de irme en un viaje. La palabra “adiós” es fantástica, uno no puede decir la palabra con los labios, es aceptar y saber que uno no va a ver más a esta persona, o que uno no va a tener relación con algo, tiene ese rasgo de nostalgia, con el reconocimiento de todo lo que esta persona o lugar nos dio.

Para la serie de “Adios” el artista utiliza una edición especial de la Enciclopedia Británica que viene en color azul con los títulos en dorado, ésta fue un regalo que le hizo un hombre cuando salía de una inauguración, al parecer la encontró tirada en la calle y se la ofreció. En marzo de 2012 la Enciclopedia Británica anunció el cierre de su edición en papel, para dedicarse de lleno a la digital, dando por terminada su tradición después de 244 años.